Cuando el criador se va de vacaciones: preparar los bettas para nuestra ausencia
Hay una parte de la cría de bettas de la que hablamos poco.
Hablamos de genética, de selección, de alimentación, de agua, de reproducción, de estándares y de concursos. Hablamos de cómo conseguir mejores ejemplares y de cómo construir una línea de trabajo a lo largo de los años.
Pero hay un momento del año en el que todo ese trabajo queda, durante unos días, en manos de otra persona: las vacaciones.
Y es precisamente entonces cuando todo lo construido durante meses puede ponerse a prueba.
Diez días pueden poner en riesgo un año entero
La mayoría de los criadores tenemos una rutina muy marcada.
Nuestros peces están acostumbrados a determinados horarios de alimentación, cambios de agua, cantidades de comida y cuidados. Nosotros conocemos sus necesidades porque los vemos todos los días. Sabemos cuándo un pez está diferente, cuándo un agua empieza a empeorar o cuándo algo no funciona como debería.
El problema aparece cuando nosotros desaparecemos de la ecuación.
En muchas ocasiones, la persona que se queda al cuidado de los peces no pertenece a la afición. Es un familiar, un amigo o alguien de confianza que hace el favor de ayudarnos durante unos días.
Y aunque tenga toda la buena voluntad del mundo, no necesariamente entiende lo que significa mantener una sala de bettas.
Yo lo aprendí de la peor manera.
Hace algunos años perdí alrededor de 40 ejemplares adultos durante mis vacaciones. La línea de azul sólido desapareció por completo y la línea de rojo sólido quedó muy tocada.
Entre los machos supervivientes quedó, afortunadamente, un ejemplar que posteriormente había sido ganador de un Best of Show en un concurso en España. Pero la situación con las hembras fue mucho más complicada.
Las hembras que quedaron no eran las que, en condiciones normales, habría seleccionado para continuar la reproducción.
Había perdido la posibilidad de elegir.
Y cuando trabajas con líneas genéticas que has construido y seleccionado durante años, perder esa capacidad de selección puede ser casi tan importante como perder los propios peces.
El problema no siempre es quién cuida los peces
Aquel año la persona que se quedó a cargo recibió unas instrucciones que, desde mi punto de vista, eran claras.
Pero no fueron entendidas correctamente.
Los peces fueron sobrealimentados. Quedó comida sobrante en los recipientes y la calidad del agua empezó a deteriorarse.
En una rutina normal, yo habría detectado el problema y habría actuado inmediatamente.
Pero durante las vacaciones había otro problema añadido: los cambios de agua no formaban parte de la rutina de la persona que estaba cuidándolos.
El resultado fue una combinación peligrosa:
más alimento, menos control y ausencia de cambios de agua.
La situación terminó siendo crítica.
Aquella experiencia me enseñó algo que desde entonces tengo muy presente: cuando otra persona va a cuidar nuestros peces, no podemos limitar nuestra planificación a decirle cuánto tiene que alimentar.
Tenemos que pensar en qué ocurrirá con el agua, con los residuos y con la rutina completa durante nuestra ausencia.
Las reservas: una forma de prevención
Desde entonces empecé a prestar todavía más atención a algo que ya hacía de manera natural.
Mis reservas.
Cuando selecciono los ejemplares de una línea, intento conservar los mejores. Son los peces que considero que tienen mayor potencial para continuar el proyecto.
Pero también mantengo algunos ejemplares que normalmente no utilizaría como primera opción para reproducir.
Son lo que yo llamo mi “prevención”.
Peces que, en circunstancias normales, probablemente no entrarían en mi programa de cría, pero que pueden convertirse en fundamentales si ocurre una situación drástica.
Porque criar también significa asumir que las cosas pueden salir mal.
Una enfermedad, un accidente, un fallo de mantenimiento, una pérdida durante una mudanza o, como en mi caso, unas vacaciones mal gestionadas pueden cambiar completamente una línea de trabajo.
Tener una reserva genética no significa criar con mediocridad.
Significa tener un plan B.
Este año decidí hacerlo de otra manera
Este año quería probar algo diferente.
Los días previos a las vacaciones preparé los peces de una forma mucho más planificada.
Comencé con una alimentación especialmente buena utilizando alimento vivo, principalmente tubifex.
Incluso hubo días en los que hice doble alimentación: tubifex y pienso de Dr. Bassleer, siempre en cantidades muy pequeñas.
La intención no era cebar a los peces.
Era todo lo contrario.
Quería que llegaran a esos diez días en las mejores condiciones posibles.
Al aumentar la alimentación durante los días previos, también aumenté los cambios de agua. Si voy a introducir más alimento, necesito asegurarme de que el agua se mantiene en condiciones óptimas.
El día antes de marcharme hice algo que considero fundamental: limpié y desinfecté todos los recipientes.
Los dejé completamente impolutos.
Después realicé un cambio del 100 % del agua.
La preparación del agua
Para ese cambio utilicé agua preparada con sal marina sin aglomerantes, aproximadamente una cucharada de postre por cada 10 litros.
Añadí también dos gotas de vitaminas JBL por cada 10 litros.
Pero este año introduje una novedad importante: catechu.
Preparé cinco litros de agua nueva y, antes de que llegara a hervir, retiré el agua del fuego.
Después la introduje en un recipiente donde había colocado un paquete entero de catechu.
Lo dejé tapado durante aproximadamente 24 horas, permitiendo que el agua extrajera sus propiedades.
Posteriormente filtré el preparado mediante una malla para evitar que quedaran restos sólidos de catechu en los recipientes.
Esos cinco litros fueron repartidos de manera proporcional entre los aproximadamente 90 botes de dos litros de capacidad que forman mi sala.
El objetivo era evitar que quedaran restos vegetales que pudieran descomponerse dentro de los recipientes.
El resultado fue un agua ligeramente ámbar desde el primer momento.
Y ahí empezó el experimento.
Una alimentación proporcional a la rutina
También cambié la forma de plantear las instrucciones a la persona que se quedaba al cargo.
Mi rutina habitual consiste en realizar dos cambios de agua semanales.
En la práctica, mi alimentación y mis cambios de agua están vinculados. Aproximadamente, cada tres alimentaciones realizo un cambio de agua.
Mis peces están acostumbrados a esa dinámica.
Por eso pensé:
Si voy a estar diez días fuera y durante esos diez días no voy a realizar ningún cambio de agua, ¿por qué no intentar mantener una proporción equivalente entre alimentación y mantenimiento?
La decisión fue alimentar a los peces únicamente tres veces durante esos diez días.
No cinco, como había hecho otros años.
La idea era sencilla: reducir al mínimo la cantidad de residuos generados durante mi ausencia y adaptar la alimentación a la imposibilidad de realizar cambios de agua.
No buscaba mantener exactamente mi rutina habitual.
Buscaba mantener la proporción de mi rutina habitual dentro de unas circunstancias completamente diferentes.
Y entonces llegó la sorpresa
Cuando regresé de vacaciones, esperaba encontrarme con una situación muy diferente.
Pero ocurrió justo lo contrario.
Fue, probablemente, el mejor regreso de vacaciones que he tenido desde que mantengo esta sala.
Cero bajas.
Los peces estaban activos.
La superficie de los recipientes estaba limpia.
Y había algo que me llamó especialmente la atención.
El agua.
Cuando me fui, el agua tenía un tono ámbar debido al catechu.
Cuando regresé diez días después, el agua estaba todavía más oscura.
Pero lo verdaderamente importante era que no presentaba restos de comida ni suciedad visible en la superficie.
Los peces estaban bien.
Y, sobre todo, no había perdido ninguno.
¿Fue el catechu?
Aquí aparece la parte más interesante.
No lo sé.
Este año cambié dos variables respecto a años anteriores.
Por un lado, reduje los días de alimentación durante las vacaciones: de cinco a tres.
Por otro, sustituí la catappa que había utilizado anteriormente por catechu.
Por lo tanto, no puedo afirmar científicamente que una de las dos cosas haya sido la responsable del resultado.
Y precisamente por eso no quiero presentar esta experiencia como una fórmula.
Quizá fue el catechu.
Quizá fue la reducción de la alimentación.
Quizá fue la combinación de ambas.
Quizá simplemente la preparación previa fue mucho mejor.
Lo único que puedo afirmar con seguridad es que este método funcionó en mi sala.
Y el año que viene pienso repetirlo.
Lo que funciona en mi sala puede no funcionar en la tuya
Esta es probablemente la conclusión más importante de todo lo ocurrido.
No existe un método universal para preparar una sala de bettas para las vacaciones.
Cada sala es diferente.
Cada criador tiene una rutina diferente.
Cada sistema de mantenimiento tiene unas características distintas.
La cantidad y tamaño de los recipientes, la temperatura, la alimentación, la frecuencia de los cambios de agua, la densidad de peces, la calidad del agua de partida y muchos otros factores pueden cambiar completamente el resultado.
Por eso no considero que lo que hice este año sea “la solución”.
Es simplemente mi solución para mi situación concreta, basada en mis experiencias anteriores.
Y creo que ahí está precisamente el aprendizaje.
Observar antes que copiar
Cuando algo sale mal, tenemos dos opciones.
Podemos buscar rápidamente una receta que alguien diga que funciona.
O podemos analizar qué ocurrió en nuestra propia sala.
Yo prefiero la segunda.
Aquel año perdí 40 ejemplares y una línea completa.
En lugar de quedarme únicamente con la frustración de la pérdida, intenté entender qué había fallado.
Este año he intentado adaptar la preparación a mi propia rutina y a los problemas que ya había experimentado.
No he buscado una solución perfecta.
He buscado una solución que tuviera sentido dentro de mi sistema.
Y el resultado ha sido el mejor que he obtenido hasta ahora.
Las instrucciones también forman parte del mantenimiento
Hay otra lección que considero todavía más importante.
Cuando dejamos nuestros peces al cuidado de otra persona, no basta con dejar una hoja diciendo:
“Alimenta estos peces tantos días.”
Tenemos que explicar el porqué.
La persona que se queda a cargo debe entender qué está haciendo, qué cantidad debe utilizar, qué cosas no debe hacer y, sobre todo, qué consecuencias puede tener modificar la rutina.
Porque para alguien que no pertenece a la afición, echar un poco más de comida puede parecer algo positivo.
Para nosotros, puede ser el comienzo de un problema de calidad de agua.
Por eso las instrucciones tienen que ser claras, sencillas y realistas.
Y, sobre todo, tenemos que asegurarnos de que la persona las ha entendido.
Las vacaciones también forman parte de la cría
A veces pensamos que la cría termina cuando conseguimos nuestros peces.
No es así.
La cría también consiste en proteger lo que hemos construido.
Seleccionar.
Guardar reservas.
Mantener líneas.
Prevenir pérdidas.
Preparar la sala.
Y saber qué hacer cuando nosotros no estamos.
Este año he vuelto de vacaciones y he encontrado mis peces en unas condiciones que me han permitido respirar tranquilo.
Después de aquella experiencia en la que perdí 40 adultos y una línea completa, para mí no es un dato menor.
No sé todavía si he encontrado el método definitivo.
Probablemente no.
Pero sí sé algo:
cuando una rutina falla, no siempre necesitamos hacer más. A veces necesitamos observar mejor, entender dónde está el problema y adaptar nuestras decisiones a la realidad de nuestra propia sala.
Porque al final, preparar nuestros peces para nuestras vacaciones no consiste únicamente en conseguir que sobrevivan diez días.
Consiste en intentar que, cuando nosotros volvamos, el trabajo de todo un año siga ahí.


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